Divorcio y reorganización residencial a partir de los cambios en la estructura familiar
En los últimos informes elaborados por Tejido Urbano hemos identificado dos tendencias estructurales que permiten comprender la problemática habitacional más allá de la noción tradicional de déficit de vivienda. Por un lado, el crecimiento sostenido de los hogares unipersonales y, por otro, el proceso de inquilinización han marcado profundamente las trayectorias habitacionales en Argentina durante las últimas tres décadas.
A partir de estas transformaciones, desde la Fundación hemos analizado distintas barreras vinculadas al acceso al crédito hipotecario y a la sostenibilidad económica de los hogares inquilinos. En ese marco, también profundizamos en tres perfiles que interactúan de manera particularmente intensa con estas dinámicas: los jóvenes, los adultos mayores y las personas migrantes.

Sin embargo, estos procesos no pueden comprenderse únicamente a partir de variables económicas o de mercado. También responden a cambios más amplios en la estructura social y familiar del país, que comienzan a redefinir las estrategias residenciales de la población. En este informe nos proponemos explorar una dimensión menos analizada dentro del debate habitacional: la transformación de las estructuras familiares, particularmente a través del divorcio.
Así como la emancipación juvenil ha sido históricamente un motor de formación de nuevos hogares, la disolución de parejas constituye hoy un mecanismo creciente de creación de nuevas unidades residenciales. En términos habitacionales, cada divorcio implica potencialmente la transformación de un hogar en dos, generando nuevas demandas de vivienda y presionando especialmente sobre segmentos del mercado como el de los monoambientes.
Qué pasó con las familias y los hogares
La estructura de los hogares en Argentina ha experimentado transformaciones significativas en las últimas dos décadas. Entre 2001 y 2022, la cantidad total de hogares pasó de 10,1 millones a 15,9 millones, lo que representa un crecimiento del 58,1%. Sin embargo, este crecimiento no fue homogéneo entre los distintos tipos de hogares.
El cambio más relevante se observa en el fuerte aumento de los hogares unipersonales. Este tipo de hogar pasó de representar el 15% del total en 2001 al 24,6% en 2022, con un crecimiento del 159% en términos absolutos. De este modo, se consolida como una de las formas de convivencia que más se expandió en el período.
En contraste, los hogares nucleares tradicionales (particularmente aquellos conformados por pareja con hijos) han perdido peso dentro de la estructura de los hogares. Aunque continúan siendo el tipo más frecuente, su participación se redujo significativamente: pasó de 40,8% en 2001 a 30,2% en 2022.
Al mismo tiempo, crecen con fuerza otras configuraciones familiares asociadas a hogares más pequeños o fragmentados. Los hogares nucleares incompletos (conformados por un solo adulto con hijos) aumentaron su participación del 10,2% al 14,3% entre 2001 y 2022, mientras que también se expandieron los hogares sin núcleo familiar o aquellos que combinan distintas relaciones familiares dentro de una misma vivienda.
Estas tendencias muestran una transición progresiva desde el modelo de hogar nuclear tradicional hacia estructuras familiares más diversas y, en muchos casos, más pequeñas. Este proceso tiene implicancias directas sobre el sistema habitacional: a medida que los hogares se fragmentan, aumenta la cantidad de unidades residenciales necesarias para albergar a una población que crece a un ritmo menor. Dentro de esta transformación de la estructura de hogares, la disolución de parejas aparece como uno de los mecanismos que contribuyen a la formación de nuevas unidades residenciales. Cada separación implica potencialmente la transformación de un hogar en dos, alimentando el crecimiento de hogares unipersonales o monoparentales y reforzando la demanda de viviendas de menor tamaño. La suma de hogares unipersonales + hogares monoparentales pasó de 30% a casi 45% de los hogares.

El fenómeno del divorcio en Argentina
Para analizar el fenómeno del divorcio en Argentina utilizamos información proveniente de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), lo que implica que el análisis se circunscribe a los aglomerados urbanos del país. Esto permite observar tendencias demográficas y sociales relevantes, aunque debe tenerse en cuenta que no incluye a la población rural ni a ciudades pequeñas ni intermedias del país.
Con el objetivo de captar la evolución del divorcio a lo largo del ciclo de vida, optamos por una estrategia de análisis por cohortes de nacimiento. Este enfoque permite seguir a distintos grupos generacionales en diferentes momentos del tiempo y observar cómo cambia la incidencia del divorcio a medida que esas generaciones envejecen. De esta manera es posible distinguir si las transformaciones responden a cambios generacionales o simplemente al paso del tiempo dentro del ciclo de vida.
Asimismo, es importante considerar el contexto institucional. En 2015, con la reforma del Código Civil y Comercial, Argentina incorporó el denominado “divorcio exprés”, que eliminó la necesidad de alegar causales para disolver el matrimonio y simplificó considerablemente los procedimientos judiciales. Esta modificación normativa redujo barreras legales que históricamente habían dificultado la formalización de separaciones.
Por último, debe tenerse en cuenta una característica propia de la fuente estadística utilizada: en la EPH el estado civil agrupa bajo una misma categoría a las personas divorciadas y separadas, por lo que los resultados reflejan el conjunto de personas que han disuelto o interrumpido su unión conyugal, independientemente de si el proceso fue formalizado legalmente o no. A partir de esta estrategia de análisis es posible observar un aumento sostenido en la proporción de personas divorciadas o separadas en las últimas dos décadas. En el total de la población urbana relevada por la EPH, el porcentaje pasó de 4,1% en 2003 a 6,2% en 2023, mientras que entre los jefes de hogar el aumento fue aún más marcado, pasando de 10,9% a 14,7% en el mismo período.

El análisis por cohortes permite observar con mayor claridad cómo evolucionó el divorcio a lo largo del ciclo de vida de distintas generaciones. En términos generales, los datos muestran que la proporción de personas divorciadas o separadas tiende a aumentar a medida que las cohortes avanzan en edad, alcanzando valores más elevados en las etapas medias de la vida adulta.
En las cohortes de mayor edad (particularmente aquellas nacidas entre 1930 y 1949) se observa que la proporción de personas divorciadas o separadas se estabiliza o incluso presenta leves descensos en los años más recientes. Sin embargo, este comportamiento no necesariamente refleja una reducción del divorcio, sino que también responde a efectos demográficos asociados al envejecimiento de la población. A medida que las cohortes envejecen, aumenta la mortalidad y se produce una recomposición del estado civil.
En cambio, en las cohortes intermedias y más jóvenes el fenómeno aparece con mayor claridad. Entre las personas nacidas entre 1950 y 1959, la proporción de divorciados o separados alcanza casi el 15% en 2023, mientras que en la cohorte 1960-1969 supera el 16%, evidenciando una mayor frecuencia de rupturas conyugales en generaciones que atravesaron su vida adulta en un contexto de cambios culturales y normativos en torno al matrimonio.
La tendencia es aún más marcada en las cohortes nacidas a partir de la década de 1970. Entre quienes nacieron entre 1970 y 1979, el porcentaje de divorciados o separados pasó de 3,5% en 2003 a 13,1% en 2023, mientras que entre las cohortes 1980-1989 (que todavía se encuentran en etapas relativamente tempranas del ciclo de vida) la proporción alcanza ya el 7,6%.
Si se observa específicamente a los jefes de hogar, el fenómeno adquiere una magnitud aún mayor. En este grupo, la proporción de divorciados o separados pasó de 10,9% en 2003 a 14,7% en 2023, con valores particularmente elevados en las cohortes nacidas entre 1960 y 1979, donde el porcentaje supera el 20%.
Estos datos muestran que el divorcio se ha vuelto una experiencia cada vez más frecuente dentro de las trayectorias familiares en Argentina, especialmente en las generaciones que atravesaron su vida adulta en las últimas décadas. Si se observa el fenómeno en términos absolutos, el crecimiento resulta aún más evidente. Según los datos de la EPH para los aglomerados urbanos, la cantidad de personas divorciadas o separadas pasó de 964.784 en 2003 a 1.846.485 en 2023, lo que implica un aumento cercano al 91% en dos décadas.
Este crecimiento se explica principalmente por el aumento de divorcios en las cohortes que hoy se encuentran en edades medias de la vida adulta. Por ejemplo, entre las personas nacidas entre 1960 y 1969 la cantidad de divorciados o separados pasó de 265 mil en 2003 a más de 426 mil en 2023, mientras que en la cohorte 1970-1979 el número creció de 123 mil a más de 509 mil en el mismo período.
Incluso entre las generaciones más jóvenes se observa un incremento significativo: entre quienes nacieron entre 1980 y 1989, la cantidad de divorciados o separados pasó de apenas 15 mil personas en 2003 a más de 314 mil en 2023. El divorcio no solo se ha vuelto más frecuente en términos relativos, sino que también involucra a un número creciente de personas dentro de la estructura social argentina.
Una forma adicional de dimensionar la magnitud del fenómeno es observar la relación entre divorcios y matrimonios. En la Ciudad de Buenos Aires, los registros administrativos muestran que la cantidad de divorcios representa una proporción cada vez más significativa respecto de los matrimonios celebrados cada año. Mientras que a comienzos de la década de 1990 la relación se ubicaba en torno al 35%, durante los años 2000 comenzó a incrementarse progresivamente hasta estabilizarse en valores cercanos al 50% en la última década. En términos simples, esto implica que en la actualidad se registra aproximadamente un divorcio por cada dos matrimonios inscriptos en la ciudad.

Asimismo, en algunos años recientes esta relación alcanzó valores particularmente elevados. En 2017, por ejemplo, los divorcios representaron el 78% de los matrimonios registrados (efecto divorcio exprés), mientras que en 2020, en un contexto excepcional marcado por la pandemia y una fuerte caída de los matrimonios celebrados, la relación llegó al 83,6%. Si bien estos picos responden en parte a variaciones coyunturales en la cantidad de matrimonios, la tendencia de fondo confirma una transformación en las trayectorias conyugales y en la estabilidad de las uniones.

Otra dimensión relevante para comprender estas transformaciones es la evolución de los distintos estados conyugales en la población. Si bien la proporción total de personas que se encuentran en algún tipo de unión se mantiene relativamente estable a lo largo del tiempo, se observa un cambio en la forma que adoptan esas uniones. En particular, los matrimonios muestran una tendencia descendente, mientras que las uniones consensuales o convivencias aumentan gradualmente su participación.
Esto sugiere que, aunque la vida en pareja continúa siendo una forma predominante de organización familiar, cada vez es más frecuente que estas relaciones se formalicen fuera del matrimonio. En otras palabras, la institución matrimonial pierde peso relativo frente a modalidades de convivencia más flexibles, lo que también contribuye a explicar trayectorias conyugales más dinámicas y una mayor frecuencia de separaciones o rupturas en el transcurso de la vida adulta. Mientras el matrimonio pierde centralidad como institución, las trayectorias conyugales se vuelven más diversas y reversibles, lo que incrementa la rotación en la formación y reorganización de hogares.
Divorcio y hogares unipersonales
Una de las consecuencias residenciales más inmediatas de las separaciones conyugales es la formación de hogares unipersonales. Los datos de la EPH permiten observar con claridad esta relación. En 2003, el 27,7% de los jefes de hogar divorciados vivía en hogares unipersonales, mientras que en 2023 esta proporción alcanzó el 37,3%. Es decir, más de uno de cada tres jefes de hogar divorciados vive actualmente solo. Si se observa el fenómeno desde la perspectiva inversa, también se advierte un aumento en el peso de los divorciados dentro del conjunto de hogares unipersonales. Mientras que en 2003 los jefes de hogar divorciados representaban el 16,6% de los hogares unipersonales, en 2023 esta participación alcanzó el 24,7%. En otras palabras, uno de cada cuatro hogares unipersonales está encabezado por una persona divorciada o separada.

El análisis por cohortes permite además identificar diferencias generacionales en este proceso. En las cohortes nacidas entre 1950 y 1969, por ejemplo, entre el 43% y el 65% de los jefes de hogar divorciados viven en hogares unipersonales en 2023, lo que sugiere que la ruptura conyugal se traduce con frecuencia en trayectorias residenciales individuales en las etapas medias de la vida adulta. En las cohortes más jóvenes, en cambio, este fenómeno aparece con menor intensidad, lo que probablemente refleja tanto etapas más tempranas del ciclo de vida como estrategias residenciales más transitorias posteriores a la separación.
El crecimiento de los hogares unipersonales no responde únicamente a procesos como la emancipación juvenil o el envejecimiento poblacional. También está fuertemente asociado a la reorganización residencial posterior a la disolución de parejas, consolidando una dinámica en la que las transformaciones en las trayectorias familiares se traducen directamente en nuevas demandas habitacionales.
Divorcios y alquileres
La reorganización residencial posterior al divorcio también se refleja en la forma de acceso a la vivienda. Los datos muestran que una proporción significativa de los jefes de hogar divorciados resuelve su situación habitacional a través del mercado de alquiler. En 2003, el 15,7% de los jefes de hogar divorciados eran inquilinos, proporción que aumentó al 22,3% en 2013 y se mantuvo en valores elevados en 2023 (20,4%).
Si se analiza el fenómeno desde la perspectiva del conjunto de inquilinos, también se observa un crecimiento en la presencia de divorciados dentro de este grupo. Mientras que en 2003 los jefes de hogar divorciados representaban el 12,1% de los jefes de hogar inquilinos, en 2023 esta participación se mantiene en torno al 13,6%, consolidando su presencia dentro del mercado de alquiler.

El análisis por cohortes permite observar además que este fenómeno se concentra especialmente en las generaciones que atraviesan etapas medias de la vida adulta. En las cohortes nacidas entre 1960 y 1979, por ejemplo, entre 16% y 27% de los jefes de hogar divorciados viven actualmente en condición de inquilinos, lo que sugiere que la ruptura conyugal suele implicar una reorganización residencial que se canaliza a través del alquiler.
Si bien el proceso de divorcio contribuye a la formación de nuevos hogares (muchos de ellos unipersonales), lo importante es entender que alimenta la demanda dentro del mercado de alquiler. De esta manera, las transformaciones en las trayectorias familiares se articulan con dinámicas económicas y urbanas que terminan configurando nuevas presiones sobre la oferta de vivienda, particularmente en el segmento de unidades pequeñas.
Destino Habitacional y mercado urbano
Una última dimensión permite observar cómo estas trayectorias residenciales se materializan en el tipo de vivienda ocupada. Los datos muestran que los hogares vinculados a procesos de divorcio presentan una mayor concentración en unidades habitacionales pequeñas. Mientras que en 2023 el 37,5% del total de jefes de hogar reside en viviendas de menor tamaño, esta proporción se mantiene en niveles similares entre los jefes de hogar divorciados (37,7%). Sin embargo, cuando se consideran las trayectorias residenciales posteriores a la separación, las diferencias se vuelven más marcadas.
Entre los jefes de hogar divorciados que alquilan, más de la mitad reside en unidades pequeñas (53,8%), mientras que entre aquellos que además viven solos la proporción alcanza el 75,3%. Esto sugiere que la reorganización residencial posterior a la disolución de parejas no solo impulsa la formación de hogares unipersonales y la inserción en el mercado de alquiler, sino que también tiende a canalizarse hacia viviendas de menor superficie, reforzando la demanda en segmentos específicos del mercado habitacional urbano.
El análisis por cohortes también permite observar que las rupturas conyugales tienden a concentrarse en dos momentos característicos del ciclo de vida. Por un lado, en torno a los 30 años, cuando muchas parejas jóvenes atraviesan las primeras etapas de convivencia, consolidación laboral y organización económica del hogar. En estas generaciones más recientes, además, la formación del hogar suele realizarse directamente a través del mercado de alquiler, lo que implica asumir costos residenciales elevados desde el inicio de la vida en pareja. Cuando estas trayectorias se interrumpen, la reorganización residencial posterior al divorcio suele traducirse en la formación de hogares individuales dentro del mismo mercado de alquiler. Por otro lado, también se observa una segunda concentración de divorcios en edades superiores a los 50 años, frecuentemente vinculada al momento posterior a la crianza de los hijos o a la reconfiguración del proyecto de vida familiar. Si bien las separaciones pueden ocurrir en cualquier etapa del ciclo de vida, estos dos momentos aparecen como puntos especialmente relevantes en las trayectorias conyugales, y suelen implicar reorganizaciones residenciales con un fuerte componente económico. En ambos casos, el divorcio no sólo redefine el proyecto de vida familiar, sino también la forma en que las personas se insertan en el mercado de vivienda.
En este sentido, el mercado habitacional no sólo responde a variables económicas como ingresos o crédito, sino también a transformaciones en las trayectorias familiares. El crecimiento de los hogares unipersonales y la mayor frecuencia de divorcios contribuyen a expandir la demanda de unidades pequeñas, muchas de ellas dentro del mercado de alquiler. Así, el paso de la pareja al monoambiente no es sólo una metáfora social, sino la expresión concreta de una reorganización residencial que redefine la relación entre las transformaciones familiares y el mercado de vivienda en las grandes ciudades.
Resumen ejecutivo
- Cada divorcio implica potencialmente la transformación de un hogar en dos.
- La suma de hogares unipersonales + monoparentales pasó de 30% a casi 45%.
- Uno de cada cuatro hogares unipersonales está encabezado por una persona divorciada.
- Tres de cada cuatro divorciados que alquilan y viven solos residen en viviendas pequeñas.
- El estrés del mercado habitacional no sólo es escasez de viviendas, también es multiplicación de hogares
EL DIVORCIO EN NUMEROS
- 1.846.485 personas se encuentran divorciadas o separadas en los aglomerados urbanos del país.
- De ese total, 1.498.083 son jefes de hogar, lo que implica que 8 de cada 10 divorciados encabezan su propia unidad residencial.
- 558.710 jefes de hogar divorciados viven solos, es decir, el 37,3% de los jefes de hogar divorciados reside en hogares unipersonales.
- 304.889 jefes de hogar divorciados son inquilinos, lo que equivale a 1 de cada 5 divorciados resolviendo su vivienda a través del alquiler.
- 353.510 personas divorciadas viven en alquiler considerando a toda la población divorciada, lo que representa el 19% del total.
- 130.315 jefes de hogar divorciados alquilan y viven solos, lo que equivale a casi 1 de cada 11 divorciados jefes de hogar.
- Dentro del universo de divorciados que alquilan, el 42,7% vive en hogares unipersonales.
Fuente: Encuesta Permanente de Hogares. INDEC. 3er trimestre 2023
HOGARES UNIPERSONALES
- En los aglomerados urbanos se registran 2.264.000 hogares unipersonales.
- Los adultos (26-44 años) representan 879.114 hogares, es decir el 39% del total.
- Los adultos mayores concentran 902.848 hogares, equivalentes al 40% de los hogares unipersonales.
- Adultos y adultos mayores explican casi el 80% de los hogares unipersonales, lo que muestra que este fenómeno no está concentrado únicamente en jóvenes.
- Entre los adultos que viven solos, 289.982 están divorciados o separados, lo que representa el 33% de este grupo.
- Entre los adultos mayores que viven solos, 258.706 están divorciados o separados, equivalentes a casi el 29%.
- En términos absolutos, más de 548 mil hogares unipersonales están encabezados por personas divorciadas, concentrándose principalmente en edades adultas y pos-crianza.
Fuente: Encuesta Permanente de Hogares. INDEC. 3er trimestre 2023
