Por Pilar Rodríguez Ruiz
La compra de una vivienda es, probablemente, la inversión más grande que realiza una familia a lo largo de toda su vida. Pero también es mucho más que eso. Es estabilidad. Es autonomía. Es la posibilidad de proyectar un futuro y construir una vida con cierta previsibilidad en un mundo cada vez más incierto.
Durante décadas, en la Argentina existió una idea profundamente arraigada: trabajando, esforzándose y progresando, tarde o temprano una familia podía acceder a una vivienda propia. Ese horizonte funcionaba como ordenador social, como motor de movilidad y también como una promesa colectiva. Sin embargo, en los últimos veinte años algo se quebró. Dejamos de generar nuevos propietarios. Hoy millones de personas nacen, crecen y envejecen alquilando, muchas veces en condiciones de enorme fragilidad e incertidumbre.